Por Dra. Margarita Mendoza Burgos
Australia se convirtió recientemente en el primer país del mundo en prohibir el uso de redes sociales a menores de 16 años, una medida histórica orientada a proteger la salud mental de niños y adolescentes frente a riesgos como el acoso digital, la adicción y la exposición a contenidos dañinos. La nueva legislación obliga a plataformas como TikTok, Instagram y Facebook a verificar la edad de sus usuarios y bloquear el acceso a quienes no cumplan con el requisito bajo amenaza de multas millonarias en caso de incumplimiento.
La decisión ha generado un intenso debate internacional, pero también ha sido recibida como un respaldo para muchos padres que consideran que el uso de redes sociales “se ha salido de control”. La falta de criterios comunes dentro de los hogares —donde algunos imponen límites estrictos y otros no— ha dificultado históricamente una regulación efectiva. En ese contexto, una norma uniforme busca reducir esas desigualdades y facilitar la aplicación de límites claros.
Si bien se prevé que esta primera generación de jóvenes afectados por la prohibición manifieste resistencia y rechazo, especialistas y sectores de la sociedad coinciden en que, con el tiempo, la medida podría normalizarse. No obstante, persisten dudas sobre el verdadero compromiso de las plataformas tecnológicas para cumplir la normativa, especialmente en un ecosistema digital donde algunos empresarios han mostrado resistencia a regulaciones estatales más estrictas. Por ejemplo, no estoy tan segura de que Elon Musk, dueño de la red X, acepte fácilmente esta medida.
Uno de los argumentos más frecuentes contra la prohibición es que lo vetado suele generar mayor deseo. Sin embargo, quienes apoyan la ley sostienen que, al ser una medida generalizada, elimina factores divergentes y reduce la presión social entre pares, aun reconociendo que siempre existirán intentos de evadir la norma. La aplicación efectiva de sanciones económicas busca, precisamente, desincentivar esas prácticas.
El impacto de las redes sociales en la salud mental infantil y juvenil es uno de los ejes centrales del debate. Diversos estudios y testimonios coinciden en que la exposición constante a vidas “perfectas” y estandarizadas fomenta la ansiedad, la depresión y una baja autoestima. A ello se suma el deterioro del rendimiento académico, provocado por distracciones permanentes, menor capacidad de atención y problemas de memoria.
La legislación australiana también apunta a reforzar el rol de los padres en la prevención de la adicción digital. No obstante, expertos subrayan que esta responsabilidad implica coherencia: los adultos deben reducir su propio uso de redes, especialmente en el hogar, y predicar con el ejemplo. El objetivo final no solo es mejorar la salud mental, sino también la salud física, al disminuir fenómenos como los retos virales peligrosos, la presión estética y otras conductas de riesgo y propiciar los deportes, la vuelta a la naturaleza y los juegos grupales de jóvenes.
Las redes sociales pueden convertirse en una puerta de entrada a problemas mayores: adicción a los videojuegos, acceso temprano a la pornografía, contacto con redes de abuso, comercio ilegal e incluso vínculos con la dark web. En ese escenario, TikTok es una de las plataformas más riesgosas, debido a la proliferación de retos virales que, en algunos casos, han derivado en consecuencias fatales.
La experiencia australiana marca un precedente y plantea una pregunta clave para el resto del mundo: ¿hasta dónde deben llegar los Estados para proteger a las nuevas generaciones de un entorno digital cada vez más poderoso y menos controlable?
Acerca de la Dra. Mendoza Burgos
www.dramendozaburgos.com
Titulaciones en Psiquiatría General y Psicología Médica, Psiquiatría infanto-juvenil, y Terapia de familia, obtenidas en la Universidad Complutense de Madrid, España.
Mi actividad profesional, desde 1,993, en El Salvador, se ha enfocado en dos direcciones fundamentales: una es el ejercicio de la profesión en mi clínica privada; y la segunda es la colaboración con los diferentes medios de comunicación nacionales, y en ocasiones también internacionales, con objeto de extender la conciencia de la necesidad de salud mental, y de apartarla de su tradicional estigma.
Fui la primera Psiquiatra infanto-juvenil y Terapeuta familiar acreditada en ejercer dichas especialidades en El Salvador.
Ocasionalmente he colaborado también con otras instituciones en sus programas, entre ellas, Ayúdame a Vivir, Ministerio de Educación, Hospital Benjamín Bloom, o Universidad de El Salvador. He sido también acreditada por la embajada de U.S.A. en El Salvador para la atención a su personal. Todo ello me hizo acreedora en 2007, de un Diploma de reconocimiento especial otorgado por la Honorable Asamblea Legislativa de El Salvador, por la labor realizada en el campo de la salud mental. Desde 2008 resido en Florida, Estados Unidos, donde compatibilizo mi actividad profesional con otras actividades.
La tecnología actual me ha permitido establecer métodos como video conferencia y teleconferencia, doy consulta a distancia a pacientes en diferentes partes del mundo, lo cual brinda la comodidad para mantener su terapia regularmente aunque esté de viaje. De igual manera permite a aquellos pacientes que viven en ciudades donde los servicios de terapeuta son demasiado altos acceder a ellos. Todo dentro de un ambiente de absoluta privacidad.
Trato de orientar cada vez más mi profesión hacia la prevención, y dentro de ello, a la asesoría sobre relaciones familiares y dirección y educación de los hijos, porque después de tantos años de experiencia profesional estoy cada vez más convencida de que el desenvolvimiento que cada persona tiene a lo largo de su vida está muy fuertemente condicionado por la educación que recibió y el ambiente que vivió en su familia de origen, desde que nació, hasta que se hizo adulto o se independizó, e incluso después.
Estoy absolutamente convencida del rol fundamental que juega la familia en lo que cada persona es o va a ser en el futuro.