sábado, 24 de enero de 2026

SALUD MENTAL LA MEJOR HERENCIA FAMILIAR: CORAZON CONGELADO

Por Dra. Margarita Mendoza Burgos 

Le llaman el Síndrome del Corazón Congelado y se ha convertido en una metáfora recurrente para describir una de las formas más sutiles del malestar emocional contemporáneo: la incapacidad o el desinterés por establecer vínculos sentimentales profundos.

No tenemos deseo por abrir nuestro corazón a relaciones sentimentales: hay apatía, alejamiento afectivo y embotamiento afectivo. No se trata de un diagnóstico clínico, sino de un fenómeno psicológico en el que las personas sienten incluso rechazo hacia el amor y las relaciones afectivas.

“Es como si el corazón dijera: ya no quiero sentir más”, explica la psicoterapeuta española María Fornet, especializada en salud emocional. “Se apaga el deseo de intimar, se evita el compromiso y aparece un vacío interior disfrazado de calma”.

Esa calma, sin embargo, no es paz, sino una especie de anestesia que protege momentáneamente del dolor, pero también impide experimentar la plenitud emocional.

Los psicólogos coinciden en que este fenómeno suele aparecer después de rupturas amorosas, decepciones, maltratos, duelos o períodos de estrés prolongados. El cerebro, en un intento de autoprotección, limita la expresión de sentimientos y activa una forma de “hibernación afectiva”.

Según un estudio del Instituto de Psicología Integrativa de Buenos Aires, el 42 % de las personas que atravesaron una separación importante reconocieron haber prolongado su bloqueo emocional durante más de seis meses, manifestando irritabilidad, insomnio o indiferencia.

Para la terapeuta mexicana Cecilia Velasco, autora de Descongelar el alma, “congelar los sentimientos no nos protege, solo retrasa el duelo. Cuando dejamos de sentir, dejamos también de vivir plenamente”. 

Según el European Journal of Psychology (2022), uno de cada tres adultos jóvenes experimenta apatía o desinterés afectivo durante los tres meses posteriores a una ruptura. En mayores de 40 años, la cifra asciende al 46%, sobre todo tras divorcios o pérdidas familiares.

La neurociencia aporta una explicación fisiológica a este fenómeno. La American Psychological Association señala que después de experiencias altamente estresantes o dolorosas, el cerebro puede reducir la liberación de dopamina y oxitocina, las hormonas vinculadas al placer y al apego. Ocurre más con las mujeres, aunque también sucede con los hombres.

Cada vez es más común escuchar en los consultorios frases como “no quiero sentir nada” o “ya no tengo espacio para amar”. Lejos de la frialdad, estas expresiones reflejan agotamiento. Superar esta etapa no consiste en forzar el amor, sino en reconectar con la emoción desde la calma.

Los especialistas recomiendan reconocer el bloqueo, permitir el duelo y reentrenar el corazón mediante vínculos sanos, terapia o actividades empáticas. Un estudio de la Universidad de Stanford (2024) demostró que las personas que retomaron prácticas sociales positivas, como el voluntariado o los grupos de apoyo, redujeron en un 60 % sus niveles de embotamiento afectivo después de tres meses.

El síndrome del corazón congelado representa la pausa emocional que a veces impone la vida para protegernos del exceso de dolor. Pero, como recuerda Fornet, “nadie se queda helado para siempre: el corazón se descongela cuando nos permitimos volver a confiar, aunque duela”. Porque, al final, la única manera de curar un corazón congelado sigue siendo el calor de otro corazón dispuesto a esperar.


Acerca de la Dra. Mendoza Burgos

www.dramendozaburgos.com

 

Titulaciones en Psiquiatría General y Psicología Médica, Psiquiatría infanto-juvenil, y Terapia de familia, obtenidas en la Universidad Complutense de Madrid, España.

 

Mi actividad profesional, desde 1,993, en El Salvador, se ha enfocado en dos direcciones fundamentales: una es el ejercicio de la profesión en mi clínica privada; y la segunda es la colaboración con los diferentes medios de comunicación nacionales, y en ocasiones también internacionales, con objeto de extender la conciencia de la necesidad de salud mental, y de apartarla de su tradicional estigma.

 

Fui la primera Psiquiatra infanto-juvenil y Terapeuta familiar acreditada en ejercer dichas especialidades en El Salvador.

 

Ocasionalmente he colaborado también con otras instituciones en sus programas, entre ellas, Ayúdame a Vivir, Ministerio de Educación, Hospital Benjamín Bloom, o Universidad de El Salvador. He sido también acreditada por la embajada de U.S.A. en El Salvador para la atención a su personal. Todo ello me hizo acreedora en 2007, de un Diploma de reconocimiento especial otorgado por la Honorable Asamblea Legislativa de El Salvador, por la labor realizada en el campo de la salud mental. Desde 2008 resido en Florida, Estados Unidos, donde compatibilizo mi actividad profesional con otras actividades.

 

La tecnología actual me ha permitido establecer métodos como video conferencia y teleconferencia, doy consulta a distancia a pacientes en diferentes partes del mundo, lo cual brinda la comodidad para mantener su terapia regularmente aunque esté de viaje. De igual manera permite a aquellos pacientes que viven en ciudades donde los servicios de terapeuta son demasiado altos acceder a ellos. Todo dentro de un ambiente de absoluta privacidad.

 

Trato de orientar cada vez más mi profesión hacia la prevención, y dentro de ello, a la asesoría sobre relaciones familiares y dirección y educación de los hijos, porque después de tantos años de experiencia profesional estoy cada vez más convencida de que el desenvolvimiento que cada persona tiene a lo largo de su vida está muy fuertemente condicionado por la educación que recibió y el ambiente que vivió en su familia de origen, desde que nació, hasta que se hizo adulto o se independizó, e incluso después. 

 

Estoy absolutamente convencida del rol fundamental que juega la familia en lo que cada persona es o va a ser en el futuro. 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario