sábado, 16 de julio de 2011

El caudillismo y la cultura de intolerancia a nuevos pensamientos

Por Luis Montes Brito

Para Revista Digital Gurú Político, México

Diario El Mundo, El Salvador



La partidocracia ha servido para el enquistamiento en sus cúpulas de liderazgos personalistas o caudillos, los cuales niegan la oportunidad de remozar sus máximas dirigencias.

La reciente cancelación de 2 partidos políticos tradicionales en El Salvador, refleja uno de los grandes males de la sociedad salvadoreña extendido en casi toda Latinoamérica: el “caudillismo”.

En nuestro sistema político “la partidocracia”, ha servido para el enquistamiento en sus cúpulas de liderazgos personalistas o caudillos, los cuales niegan la oportunidad de remozar sus máximas dirigencias y con ello la oportunidad de nutrirse de ideas frescas, nuevos métodos de hacer política y tal vez así encontrarse con la esperanza de crecer en nuevos seguidores.

Las cúpulas de las organizaciones políticas salvadoreñas canceladas por la ley han decidido presentarse como “nuevos partidos” ante el Tribunal Supremo Electoral y por supuesto ante el electorado, aunque son los mismos vejestorios de siempre maquillados y operados con implantes de silicona. pero conservando los mismos anquilosados liderazgos que los llevaron a la tumba, condenando a su vez a los partidos por nacer al enanismo político. O sea nacerán pequeños sin esperanza alguna de crecer algún día.

Una de las principales características del caudillismo es la de conducir las organizaciones firmemente bajo los designios tradicionales de un iluminado. Esta intolerancia a nuevos pensamientos, distintos a los de las cúpulas afecta la cultura organizacional de distintos grupos del país, recientemente esto ha afectado incluso hasta la Fuerza Armada donde por ley hay una renovación permanente de su cúpula, pero que con el gobierno actual ha caído en la tendencia descrita al resucitar a oficiales en situación de retiro para llevarlos a situación activa al alto mando, incluso otorgándoles de forma dudosa ascensos a grados militares de alto nivel, para lo cual han manipulado las leyes pertinentes para cubrir de legalidad, más de no de legitimidad, a alguno de sus líderes en particular.

Podemos observar este mismo fenómeno de enquistamiento en las cúpulas en organizaciones de tipo: eclesiásticas (de diferentes denominaciones), gremiales, sindicales, ONG’s y de muchas clases más.

Este tipo de conducta: de perpetuar cúpulas, de intolerancia y apatía a promover y experimentar nuevos métodos, se da incluso en las aulas académicas. Como resultado de ello la capacidad de inventiva de los salvadoreños prácticamente ha desaparecido. Sería interesante analizar a profundidad el impacto de estas prácticas atávicas en la reducida producción de inventos y patentes “made in El Salvador” en el campo tecnológico, industrial, científico y literario entre otros.

Nos limitamos a copiar o a importar, ya sea que hablemos de modelos económicos, agrícolas, computacionales o de cualquier tipo. Nuestros profesionales se conforman con “tropicalizarlos” significando muchas veces estas modificaciones en verdaderas mutilaciones en la capacidad, eficiencia y eficacia de aquello copiado.

Para aquél que se atreve a experimentar con nuevos métodos u opciones diferentes se expone al rigor del juicio de terceros, sobre todo de aquellos que se encuentran en una posición jerárquica superior al del aspirante a inventor, quienes normalmente por el solo hecho de ocupar la posición de jefes creen tener la razón y el patrimonio exclusivo de saber hacer las cosas.

Esta cultura basada en un sistema caudillista es la que ha predominado en los casi 190 años de fundada nuestra patria. La historia reconoce como el primer caudillo salvadoreño al sonsonateco Francisco Malespín Herrera, quien fue el hombre fuerte de nuestro país entre los años de 1840 a 1845, éste último año ejerciendo como presidente de la República.

Podemos decir que en los últimos 170 años como patria el caudillismo ha sido el modelo de mando o de ejercer el poder en El Salvador, espaciado por efímeros y débiles intentos de implantar un modelo diferente en el país.

Demás está decir que los resultados obtenidos a través de este sistema caudillista, que amén de tener un comportamiento de metástasis en todo el andamiaje de la sociedad salvadoreña, han sido pobres y nefastos.

Si examinamos el pasado para predecir nuestro futuro podemos inferir que la realidad actual nos conduce a un futuro incierto y con resultados igualmente pobres y nefastos como los obtenidos hasta hoy, ya que retomando aquellas sabias palabras de Albert Einstein, una de las mentes más brillantes que ha tenido la humanidad, estas se vuelven lapidarias para nuestras esperanzas: “Loco es aquel que, haciendo siempre lo mismo, espera resultados distintos”.

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