domingo, 23 de enero de 2011

Respuesta de una Madre occidental al artículo sobre las exitosas Madres chinas

Tomado de The Wall Street Journal


Ayelet Waldman, con tres de sus hijos en su hogar, en Berkeley, California

Por Ayelet Waldman

Estas son algunas de las cosas que, como madre judía, siempre les he permitido a mis cuatro hijos:

— Dejar las lecciones de piano y violín, especialmente si su actitud derrotista coincidía con un recital, ahorrándome así la tortura de escuchar a los niños de otros padres destrozando las trilladas piezas del repertorio juvenil.

— Dormir en las casas de sus amigos, especialmente en la noche de Año Nuevo o nuestro aniversario, ahorrándonos así el costo de la niñera.

— Jugar videojuegos o navegar en Internet, siempre y cuando paguen sus muñecas Neopet Usuki o los abominables guerreros de World of Warcraft con su propia mesada.

— Participar en todas las actividades extracurriculares que quisieran, siempre y cuando eso no me exigiera conducir más de 10 minutos para llevarlos ni sentarme en una cancha en una silla plegable (a menos que el clima estuviera espléndido) por más de 60 minutos.

— Dejar esas actividades extracurriculares, especialmente si ese abandono coincidía con el final de los campeonatos que hubiesen requerido de mi participación por encima de los límites anteriormente mencionados.

En los días posteriores a la publicación en este blog del divertido pero exasperante ensayo de Amy Chua, un extracto de su libro Himno de batalla de la madre tigresa, mis dos hijos mayores, de 16 y 13 años, han dedicado una llamativa cantidad de tiempo a despotricar contra éste y a redactar detalladas reacciones para ser entregadas a la propia Chua, en caso de poder contactarla.

Reconozco que estoy más que sorprendida. Digo con certeza que nunca antes ninguno de mis hijos se había siquiera molestado en leer una sola palabra de The Wall Street Journal. No creo que lo hubiese logrado aunque les hubiese gritado o amenazado para que lo hicieran, ni siquiera si los hubiese echado de la casa en pleno invierno. Por eso le expreso a Chua mi gratitud. Parece que hace falta una madre china para que mis hijos occidentales lean el periódico.

Si estuviera tratando de compilar mi propia refutación al modelo educativo de Chua, podría decir que las niñas asiático-estadounidenses de entre 15 y 24 años registran tasas de suicidio superiores al promedio. Podría cuestionar la soberbia de atribuirse el mérito por un éxito que probablemente sea tanto el resultado de las virtudes genéticas del talento musical y del intelecto como de las técnicas educativas "chinas" de los insultos y los ataques de furia. Pero tengo la impresión de que ella ya sabe eso.

Si realmente tratara de redactar esa respuesta, me arriesgaría a que mis propios hijos me llamasen hipócrita. Sophie, la mayor, me recordaría la noche reciente en la que revisé en silencio su libreta de calificaciones, suspirando despectivamente ante las alegres felicitaciones de su padre.

"¿Qué?", preguntó. "He sacado cinco sólidos excelentes".

Me encogí de hombros.

"Ayelet", me advirtió mi esposo.

Mi hija achicó los ojos. Sabía lo que se avecinaba.

Señalé las otras dos calificaciones, que no eran en ninguna medida excelentes.

Aunque no hubo "la explosión de gritos ni tirones de pelo" con la que, según describe Chua, habría sido recibida la hija de una madre china, expresé mi decepción muy claramente. Y aunque la palabra "basura" no fue dicha, ni en dialecto hokkien ni en yidish, fue solamente el temor al enojo de mi marido que me contuve de decirle a mi hija, cuando estalló en lágrimas, que estaba actuando como una idiota.

La diferencia entre Chua y yo, supongo —entre las orgullosas madres chinas y las ambivalentes occidentales— es que me sentí culpable de haber regañado a mi hija por no haber sacado las calificaciones que yo esperaba. Me sentí avergonzada por mi reacción. Pero hay otra diferencia, una que voy a admitir aunque también me avergüence: no salí a buscar cientos de tests de práctica ni trabajé con mi hija hasta bien entrada la noche, haciendo lo que hiciera falta para que sacara la mejor nota. Le transferí esa tarea a un tutor, algo que puedo costear porque mis hijos viven en el mismo mundo privilegiado de los de Chua.

En realidad, le estoy agradecida a Chua y me siento un poco intimidada por ella.

Derrocho demasiadas de mis energías maternas en culpas y arrepentimientos. Leer su ensayo definitivamente metió un poco de hierro chino en mi espina dorsal de esponja occidental y, aunque al final le pedí disculpas a mi hija por no reconocer, en ese momento, que se había destacado en todas esas difíciles materias el semestre pasado y por expresar mi decepción por las otras con demasiado ímpetu, también me negué a dar marcha atrás en mi expectativa de que le dedique más tiempo a esas dos materias en las que está teniendo un desempeño "insuficiente".

En su libro, Chua cuenta una historia de coerción que resultó en una especie de logro con una de sus hijas. Déjenme contarles otro tipo de historia. Mi hija Rosie es un poco disléxica. Para el momento en que fue diagnosticada, en segundo grado, se había quedado muy rezagada con respecto a sus compañeros de clase. Durante años la obligué a deletrear palabras en la ducha con letras de espuma, a hacer hojas de ejercicios, a memorizar fonemas y a hacer tests de práctica. Mis amenazas solamente sirvieron para hacer que se sintiera miserable. En un momento hasta le dejó de gustar la escuela. Sufría dolores de estómago casi constantes y lloraba prácticamente todos los días. Al final nos enteramos sobre un programa intensivo de lectura que requería que los estudiantes pasaran cuatro horas diarias encerrados en un cuarto pequeño con un instructor, practicando letras, estudiando palabras y sistemas de fonética. Sonaba horrible pero Rosie insistió en hacerlo. Amaba los libros y los cuentos. Quería leer.

Todos los días, cuando la íbamos a buscar, su cara estaba roja de llorar, tenía los ojos hundidos y se veía exhausta. Todos los días le preguntábamos si quería dejarlo. Le rogamos que lo hiciera. Ni su padre ni yo podíamos soportar ver su miseria, su desesperación, su dolor, físico y psíquico; parecía demasiado joven para soportarlo. Pero cada día se negó.

Después de un mes sombrío y brutal, Rosie aprendió a leer. Escaló la montaña sola, motivada no por el miedo ni la vergüenza de deshonrar a sus padres sino por su deseo apasionado de leer. Lo hizo sola, sin nosotros, y no es una exageración decir que seguimos resplandecientes de orgullo.

Tengo la sensación de que si una de las hijas de Chua hubiese sufrido un problema de aprendizaje como Rosie, Chua hubiese canalizado su admirable perseverancia para encontrar una solución que diese resultado con su hija. Hubiese sido tan tenaz y determinada, pero de una manera enteramente distinta. Rugir como una tigresa transforma a algunos niños en pianistas pero destruye a otros. Amy Chua y yo entendemos que nuestro trabajo como madres es ser el tipo de tigresa que cada uno de nuestros cachorros necesita.

—AyeletWaldman es autora de 'El amor y otros imposibles'.

Lea el artículo que provocó esta respuesta:

En que se basa la educación exitosa que las madres chinas dan a sus hijos

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